Periodismo e Historia

La actualidad, la historia y la cultura al alcance de tu mano

Sensaciones a golpe de brochazo

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Desde la invención de la escritura en la antigua “Tierra entre dos ríos” (Mesopotamia) a finales del IV milenio antes de Cristo, la cultura y el arte se han transmitido de un modo tan fascinante que nos permite conocer hoy lo que fuimos ayer.La escritura, la historia y el arte son tres pilares claves de la Humanidad, tres robustas columnas sobre las que se asienta nuestro presente.

En numerosas ocasiones, no somos capaces de valorar su importancia. La vida que llevamos nos sumerge en un estrés –en muchas ocasiones provocado por nosotros mismos- que nos impide ver más allá de nuestras obligaciones más inmediatas.

Esto sucede especialmente con el arte: es visto por muchos como un accesorio que nos entretiene en los museos y que en ocasiones ni siquiera llegamos a entender. Pero el arte es mucho más que eso: es un modo de expresión espectacularmente polivalente; un método del que se sirven los artistas para contar algo, sea lo que sea, desde un hecho mitológico, como hiciera el grandísimo Diego Velázquez con La Fragua de Vulcano (1629), hasta un acontecimiento histórico, siendo un buen ejemplo Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya(1808), por no alejarnos de España.

Pero, sin quitar mérito a tan grandes maestros (jamás, Dios me libre), es relativamente sencillo (no se tome la palabra sencillo como sinónimo de fácil y cómodo) llevar a cabo la representación pictórica de una escena real o realista: sólo ha de aprenderse la técnica y ponerse con pintura y pincel ante un lienzo en blanco fijándose en dicha escena (añadiendo la destreza indiscutible que ha de poseerse).

Es mucho más complejo, sin embargo, representar de manera visual y pictórica aquello que no podemos ver. Cuántas veces, estando plantado ante una obra abstracta, una escultura de hierros retorcidos o una mancha negra sobre un fondo blanco, he escuchado (y seguro que también quienes están leyendo) aquello de “¿Esto es arte? Esto también lo sé hacer yo”. Estoy seguro de que todos podemos coger un pincel, mojar las cerdas en óleo negro y dar un brochazo sobre un lienzo blanco. Pero, ¿significaría algo?

Ésa es la esencia del arte: su signidficado. Las obras contemporáneas (en su mayoría) precisan de la explicación del artista para que el espectador sepa qué representa la obra. Algo que no sucede, por ejemplo, cuando estamos ante una escultura como el David de Miguel Ángel (1501/4) o ante la Gioconda de Da Vinci (1503/6). Todos entendemos que son un hombre y una mujer, respetivamente (pese a las reticencias a creerlo en el segundo caso por parte de algunos estudiosos) y apreciamos sus rasgos, que se asemejan a los nuestros. Por eso nos gusta el arte clásico, el arte renancentista, el arte realista…

Pero muchos no alcanzan a sentir atracción por lo abstracto. Y el problema, creo yo, es ése: que se precisa de una explicación. Es entonces, cuando la recibimos, cuando de verdad podemos valorarlo, y darnos cuenta de que el autor pintó una mancha negra sobre un fondo blanco porque se sentía sólo, marginado, peor que los demás, oscuro inmerso en una clara masa que no le entendía.

Es un ejercicio estupendo coger un papel y tratar de plasmar nuestros sentimientos sin palabras y sin formas reconocibles. Representar el amor con un corazón es algo facilón, simplón e incoherente en cierto modo, pues no tengo la certeza de que esté demostrado que los sentimientos se albergan en el corazón, ni el amor ni ningún otro sentimiento. ¿Cómo representas el amor de manera abstracta? ¿Y el odio? ¿Y la soledad?

El mérito del artista contemporáneo es mayor o igual –en ningún caso inferior- al del artista realista. Plasma sensaciones de manera plástica, y eso ya le hace ser especial. ¿Quién puede dudar de la calidad artística de las obras de Kandinsky, por ejemplo?

Me interesa mucho la figura de van Gogh, un artista postimpresionista que plasmaba a la perfección sus sentimientos. La técnica postimpresionista es una evolución del impresionismo (que lo es a su vez del realismo), de modo que apreciamos cosas reconocibles en su obra, pero no tal y como son realmente, sino que las distorsiona haciéndolas pasar por su filtro personal.

Van Gogh llegó a volverse loco y a querer morirse, y su último cuadro, Cuervos sobre el trigal (1890), lo muestra a la perfección.

El mérito no es que pinte cuervos o un campo de trigo que somos capaces de reconocer, el mérito está en que, al mirar el cuadro, sabes que ese hombre estaba desequilibrado, que ya nada le importaba. Tanto es así, que al acabar dicha obra de suicidó.

La cantidad de pintura que aplica (incluso con el mango del pincel), la pincelada gruesa y en ocasiones aleatoria, la simbología de los cuervos negros, la sensación de inestabilidad, de inseguridad, incluso de miedo en una noche oscura y nublada… Eso es lo que le convierte en un genio inigualable.

Miguel Alonso

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Written by siglosatras

24 noviembre, 2010 a 21:53

Publicado en Arte, Cultura, Opinión, Pintura

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