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Ilusión, magia, sueños, sonrisas y lágrimas: necesitamos el teatro

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Expectante, entras tras esperar en la cola bajo los soportales del teatro, muerto de frío. Pero en la grada se respira un ambiente cálido de terciopelo rojo, olor a talco y a perfume caro de mujer. Será el de la señora del recogido de delante, la del traje de chaqueta azul. Te acomodas con la ayuda del acomodador, que para eso está; te dispones a disfrutar; te relajas y dejas de pensar en lo que has comido, en el trabajo de esta mañana, en la discusión con tu amigo de siempre… cuando te sientas en el teatro dejas fluir los pensamientos hacia afuera y tu mente se contagia del misticismo y la magia que inundan el patio de butacas y recorren las gradas hasta la cúpula de techo. El dorado, las lámparas de cristal, el rojo pasión del telón… es un mundo fascinante y sin parangón. No tiene nada que ver con ir al cine.

Sabes que ahí detrás, tras esos muros, tras el escenario, los actores se preparan, se maquillan y ensayan por última vez; engolan sus voces con gárgaras, se miran en un espejo y algunos se santiguan, otros besan una fotografía o quizás simplemente precisan de unos instantes de silencio y soledad antes de ‘lanzarse al vacío’ de un precipicio con un fondo demasiado negro. Y es que el teatro es así: unos se relajan y otros se ponen nerviosos; para unos es el momento del día idóneo para olvidarse de todo, para otros el del duro trabajo de exponerse ante el público. Ante cientos de personas, un mínimo error te acelera el corazón.

Cuando era un niño descubrí que los payasos no era sino personas disfrazadas; los mimos, los ilusionistas, aquellos que se ocultan tras un teatro de títeres y manejan marionetas de trapo no son más que hombres y mujeres corrientes. Eso me dijeron. Pero no es cierto. No son personas normales, son mágicas; tienen un ángel sobre sus cabezas; son artistas; son estrellas que iluminan las sonrisas de cuantos se ponen delante haciendo que sus vidas cobren un sentido tan diferente al que de común tienen… un sentido especial que ninguna otra actividad humana puede darles a esas vidas ahorcadas por la rutina, lo material, lo evidente, lo que es demostrable, racional y realista. Nada de abstracciones e ilusiones en nuestras vidas, eso es lo que hemos promulgado durante mucho tiempo.

Antes, este tipo de actividades llenaba las calles de ciudades empedradas por las que discurrían sus habitantes sin saber qué encontrarían a la vuelta de la esquina. Hoy, sin embargo, viajamos en metro desde un punto concreto hasta otro, sin saber lo que dejamos atrás y sobre nuestras cabezas, y discurrimos deprisa por las calles sin mirar alrededor, sin saber con quienes nos cruzamos. Si un ser mágico de los que hablaba antes está sentado a un lado de la acera tocando un acordeón mientras con el pie acciona una palanca que hace bailar a dos muñecos de colores que se abrazan al compás de la música, como mucho esbozamos una sonrisa de curiosidad, pero no nos dignamos siquiera en aflojar la marcha, aunque sólo sea para escuchar durante más tiempo esas notas que recorren la calle y la llenan de paz. Al mimo del paseo marítimo le obviamos pensando que se acerca a pedir dinero sin más, y nosotros tenemos prisa por llegar al restaurante de cinco tenedores que se queda sin mesas libres a esta hora. Qué importa si ese ilusionista e invocador del mundo de las hadas y el delirio más puro e inocente no llega a tiempo de desmaquillarse y recoger las sobras que por la trasera tira el pinche de cocina a un cubo verde…

Una chistera, una cara blanca y una pajarita nos reciben en el teatro cuando las luces se apagan y el telón se corre hacia ambos lados tras dividirse por el centro. Una cara triste que nos mira a juego con los blancos guantes de ese ¿hombre? ¡No! Resultó ser una mujer. Es una mujer enfundada en un pantalón negro y con unos tirantes de rayas sobre una camisola blanca. Es de nuevo un ser mágico que juega con sus manos mientras otras manos deleitan nuestros oídos con ‘Claro de Luna’, de Beethoven. Es tan triste esa melodía… tan melancólica… tan magnífica… me emociona ver a esa dama de negro y blanco contornearse tristemente entre las notas que Beethovenn escribiese un día a su alumna Giulietta, a la que dicen que amaba. Mi acompañante deja rodar una lágrima por su mejilla. Otras muchas finas gotas saladas caen por los rostros cercanos. También por el mío. Y casi puedo apreciar desde mi posición que el pianista se ha emocionado igualmente.

Payaso (de blogs.20minutos.es)

La mujer del escenario no ha narrado de viva voz ninguna historia; la melodía de Beethoven es sólo eso, una melodía sin letra. No hay historia, al menos no historia narrada. Entonces, ¿cuál es el misterio? ¿dónde está la magia? ¿por qué hay cientos de personas llorando en este majestuoso recinto ante una triste muchacha que sólo mueve sus manos enfundadas en dos guantes?

Sólo un instante después, aparece un payaso que deslumbra con sus colores y logra hacernos carcajear aún con lágrimas en los ojos por la actuación anterior. No paramos de reír durante los veinte minutos en que ese genio ocupa el escenario. Tampoco habla. Sólo se mueve y hace sonidos extraños al ritmo de una marcha divertida. No me levantaría jamás de esta butaca. Desearía llevarme parte de esta ilusión y este mundo de fantasía a mi vida diaria y colmarla de risas y lágrimas como estas, como las que esta tarde inundaron este teatro. Pero cuando acaban los aplausos, sales a una calle repleta de gente que pasea de un lado a otro, de un bar a otro, buscando el pub con las copas más asequibles o a un ligue fácil.

Y ves salir por la puerta de atrás del teatro a un hombre con una americana de pana con coderas y un sombrero negro. El payaso, quizás. Y se mete en ese bar de enfrente a tomar un vino. Dos, tres… y llora. Y tú miras el cartel del teatro, le miras a él luego; ves su sonrisota pintada en el cartel y después sus lágrimas en ese bar. Y vuelves a emocionarte. Pero no hay tiempo para más fantasía en este mundo real, pues el autobús se acerca y no puedes perderlo. Tu acompañante te toma la mano y tira de ti. Correis hacia la parada. Todo lo que te rodea te devuelve a la realidad. Una realidad que, en mi opinión, precisa de más fantasía, de mucha más…

Os dejo con el trailer de una magnífica película en la que se muestra cómo la ilusión puede maquillar la dureza de la vida, aunque sólo sea durante el corto tiempo en que dura la actuación. ‘Pájaros de Papel’, de Emilio Aragón. Una obra maestra (no todos los críticos de cine lo creen, pero desde el punto de vista de este post lo es). Disfrutad de la función.

Miguel Alonso

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Written by siglosatras

6 febrero, 2011 a 18:22

Publicado en Arte, Cultura, Opinión, Teatro

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