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Espectacular puesta en escena en el estreno de “La Caída de los Dioses”

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Belén Rueda deslumbra al público vallisoletano con una magistral interpretación como protagonista de la adaptación de la obra de Visconti

Las agujas marcan las ocho y diez de la tarde cuando las puertas del Calderón se abren. La gente, que aguardaba paciente paseando por el soportal del teatro, se agolpa ahora con las entradas en la mano esperando poder entrar cuanto antes. Faltan pocos minutos para el estreno nacional de La Caída de los Dioses. El esloveno Tomaz Pandur es el director y el encargado de la adaptación al teatro de esta obra maestra del cine italiano de finales de los sesenta (La Caduta degli Dei, de Luchino Visconti, 1969), y en la noche de ayer fueron los vallisoletanos quienes pudieron apreciar, antes que nadie, un ejemplo más del “nuevo lenguaje escénico”, según al crítica internacional, iniciado por Pandur.

Elenco de "La Caída de los Dioses" (publico.es)

El terciopelo rojo que recubre butacas y suelos y el olor a talco y a perfume caro de mujer te envuelven en una atmósfera de ensueño cuando te sientas en la sala. Es parte de la magia del teatro. La gente se acomoda, charla y mira a su alrededor sin darse cuenta de que hay alguien ya en el escenario. Janek (interpretado por Emilio Gavira) se encuentra sentado en el extremo de una larga mesa que está lista para la cena. Es el mayordomo omnipresente que conoce cada trama de la historia y que pronto comenzará a cenar en solitario antes de que empiece la función mientras el público continúa entrando. Un pianista de estética nazi toca una insistente melodía al pie del escenario, en el patio de butacas. No dejará de hacerlo hasta el final. La música es muy importante para aportar el dramatismo que invade el ambiente y que colma la obra. Con sus notas, el piano acompaña los gestos, los gritos e incluso las miradas de los personajes. De este modo, los espectadores son introducidos en la historia antes incluso de sentarse, de que las puertas se cierren y de que se apaguen las luces. Un original comienzo, sin duda.

De pronto, el escenario está repleto de gente y ninguna de las sillas que bordean la mesa está vacía. Una silueta femenina de porte muy elegante alza una copa, inicia un brindis en alemán y se sienta. Cuando la luz hace su aparición descubrimos bajo esa silueta a una imponente Belén Rueda que brilla entre diamantes, con el pelo recogido y un vestido largo. Un look propio de los años treinta de la Alemania nazi que la sumerge de lleno en su personaje, el de la Baronesa Sophie von Essenbeck. Tras la muerte de su esposo, el Barón, ella es la encargada de mantener la unidad de una familia que se desmorona por momentos en una lucha por el poder que no tiene límites. El III Reich se ha instaurado en Alemania, y estos aristócratas verán cómo los miembros del núcleo familiar se debaten entre los partidarios de Hitler y los contrarios al nacionalsocialismo.

Se trata de “una historia tremenda contada de una forma tremenda”, según palabras de Fernando Cayo, que interpreta a Von Aschenbach. Con una escenografía apabullante que cambia por momentos gracias a una cinta transportadora que trae y lleva el atrezzo e incluso a los actores, la obra parece avanzar a un ritmo vertiginosos cuando, repentinamente, se frena en seco. Los giros expresivos son muy fuertes y el espectador llega a sentirse angustiado e incómodo al ver a una Belén Rueda que se retuerce por el suelo gritando de forma injustificada, a un Pablo Rivero (en el papel de Martin, hijo de la Baronesa) que se desnuda por completo y se tumba sobre su madre o a Fernando Cayo besando apasionadamente a Manuel de Blas antes de que este sea asesinado para, seguidamente, abrirle la espalda en canal. La “revolución de emociones” que anunciaba en rueda de prensa la protagonista antes del estreno queda patente. Con el paso de los minutos, los espectadores comienzan a retorcerse en sus asientos. Aquellos que se valían desde el palco de unos prismáticos para no perder detalle retiran los binoculares de sus ojos sobrecogidos.

El ambiente envolvente y sobrecogedor vuelve a hacer su aparición cuando la Baronesa comienza a cortar repollos sobre una tabla de madera y esparce los pedazos por todo el escenario poseída por una mezcla de rabia e ira mientras grita sin parar, apuntando con el enorme cuchillo a Olivia Molina. La tensión se apodera de cada rincón de la sala. La gente se remueve de nuevo. No están cómodos. Pero el enano Janek aparece vestido de mujer para hacer reír al público, que se relaja sólo por un momento antes de volver a la angustia y la incertidumbre.

Una espectacular Belén Rueda junto a Alberto Jiménez en un momento de la representación (nortedecastilla.es)

Como casi todo a lo largo de la representación, los cambios de vestuario son también muy rápidos: los hombres, vestidos con el uniforme nazi, con gabardinas y sombreros; las mujeres, sólo dos (Rueda y Molina), aparecen en camisón, con vestido largo, en traje de chaqueta o incluso semidesnudas en alguna escena. Eso sí, el modo y el momento en que algunos personajes se desnudan vuelve a estar injustificado, como muchos de los gritos o llantos.

Pero la exageración que puede sorprender en contraposición con la obra cinematográfica versionada por Pandur no debe ser en realidad motivo de asombro: lo que se ha pretendido es llegar más allá de la historia, profundizar en la psicología, los sentimiento y la personalidad de cada personaje, y lo que se aprecia son personalidades agresivas, ambiciosas, marcadas por algún trauma, fuertes y débiles, atormentadas en su mayor parte.

No cabe duda de que los medios expresivos del teatro son diferentes a los del cine, y más en las obras de este director. “La Caída de los Dioses” está plagada de elementos expresivos de otras artes, desde sus puntos pictóricos que recuerdan a grandes cuadros de la historia del arte, hasta guiños literarios y musicales. Las emociones explotan cada vez que un personaje pone su pie en el escenario; no se sabe qué puede pasar en la escena siguiente. Pandur juega con nosotros, nos mantiene expectantes y logra sorprender en cada acto. Eso convierte a esta obra en una obra maestra en la que lo mejor es, sin duda y pese a todo, la regia y elegante representación de Belén Rueda.

Miguel Alonso

La obra se estenó en Valladolid el 17 de marzo

Versión y dirección

Tomaz Pandur

Reparto

Belén Rueda, Pablo Rivero, Alberto Jiménez, Manuel de Blas, Santi Marín, Francisco Boira, Olivia Molina, Fernando Cayo, Emilio Gavira y Ramón Grau

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Written by siglosatras

29 marzo, 2011 at 17:37

Día Mundial del Teatro: La vida escenificada desde los inicios de la Humanidad

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En los orígenes del ser humano se sitúa una capacidad fundamental que le hizo diferenciarse del resto de los seres que poblaban el planeta por entonces. No sólo le hacía diferente sino que, a la larga, su nivel de evolución en ese aspecto le hizo superior y logró con ello dominar, en la medida de lo posible, los elementos que le rodeaban. Se trata de la COMUNICACIÓN. Desde que unos a otros los individuos se enviaban gestos o gruñidos, o desde que representaban pictoricamente animales en las cuevas para propiciar la caza, el ser humano no ha dejado de comunicarse y eso es lo que le ha ayudado a sobrevivir hasta el siglo XXI, agrupado en comunidades, en familias, en parejas… Pues bien, un paso más a esos gruñidos y gestos fue la introducción de la música y la danza, otros dos importantes medios de comunicación. Con ellos se realizaban rituales mágicos muy teatralizados y exagerados, y es ahí donde debemos buscar el origen de lo que hoy, 27 de marzo de 2011, celebramos a nivel mundial: el teatro.

Avanzando en el tiempo, pero asentados aún en la antigüedad, tenemos que referirnos al Antiguo Egipto, como casi siempre que hablamos del origen ancestral de una costumbre actual. Los egipcios, pioneros en tantas y tantas cosas, descibridores de tantas otras, representaban ya miles de años antes de nuestra Era dramas referidos a la muerte (la resurrección de Osiris es un claro ejemplo). Pronto aparecen las primeras máscaras y, con ellas, las dramatizaciones más exaltadas. Pero sin duda a todos se nos vienen a la mente los casos de Grecia y Roma cuando hablamos del teatro antiguo.

Las danzas y los cánticos acompañaban a las escenificaciones de la vida de los dioses griegos, pues por todos es sabido que el mundo mitológico era tremendamente importante para los griegos. Pero pronto en Grecia se inician las primeras representaciones de carácter dramático. Se llevaban a cabo en las plazas públicas y, pese a todo, seguían muy ligadas al mundo divino de los dioses hasta que la evolución artística llevó a la aparición de los modelos tradicionales de tragedia y comedia alrededor del siglo V antes de Cristo (Grecia Clásica). Poco a poco, el teatro se iba haciendo más complejo, con más actores y más actos, por lo que el lugar de representación sufrió igualmente una variación: eran necesarios mayores escenarios y, por ende, mayor capacidad para un público más multitudinario.

Teatro de Mérida (viajarporextremadura.com)

Es entonces cuando se erigen en piedra los grandes teatros de los que seguimos conservando restos hoy en día, con capacidad para miles de personas y, en general, aprovechando las colinas naturales para situar las gradas con mayor facilidad y seguridad. Eran edificios abiertos de forma circular con una orquestra (lugar donde se llevaba a cabo la representación) y detrás un espacio para el cambio de vestuario y la preparación de los actores. Tras la orquestra, lonas pintadas hacían las veces de decorado, junto a las vestimentas y máscaras. Un coro acompañaba la representación que, o bien acababa trágicamente, de forma heróica, aludiendo a los dioses o criticando a personajes del momento de forma satírica.

En Roma se siguió el patrón griego, si bien algunas cosas cambiaron: los romanos construirían sus primeros teatros en madera sobre suelo plano con varias plantas en mampostería. Los espectáculos se representaban sobre una plataforma, origen de los escenarios actuales (el pulpitum) y en general lo que primaba era la comedia, ya que para ellos, como el circo, el teatro era una forma más de divertirse o entretenerse.

Mayas, aztecas e íncas destacaron también en el ámbito teatral en el continente americano. Igual sucedió en Asia, donde son destacados el caso de China o la India. Los chinos tienen una tradición milenaria en la práctica de poemas escenificados, mientras que en la india es más ritual y simbólico, siendo la música y la danza muy importantes.

Europa “dejó de lado” en cierto modo al teatro durante muchos siglos, pero el clero recuperó su uso en la Edad Media con fines didácticos. De hecho, las representaciones se hicieron habituales desde el siglo XI en las iglesias para difundir la doctrina cristiana.

Posteriormente, los grandes logros y cambios culturales que trajo consigo el Renacimiento italiano a partir del siglo XIV son bien conocidos, y en el ámbito teatral no podía ser menos. El teatro renacentista se va a inspirar en los modelos clásicos (como el resto de las artes renacentistas: renace el clasicismo) y estaba destinado a las clases aristocráticas, con salas mejor adecuadas y más cómodas.

Teatro Colón (profeblog.es)

Las diferencias son muy claras con el teatro inglés de la época de Isabel II. Se produce entonces un esplendor del drama, siendo Shakespeare la figura más crucial del perídodo. El público rodeaba el escenario por tres lados, mientras que en la parte alta se colocaba la nobleza.

Estos siglos XVI y XVII ven llegar a España los corrales de comedias al aire libre, en las que se representaban obras de los grandes dramaturgos españoles de la época, como Lope de Vega o Calderón de la Barca. Se trata del Siglo de Oro español. Posteriormente, con el Barroco (siglo XVIII) el teatro verá llegar, debido a la popularidad que estaba alcanzando la ópera, máquinas más perfeccionadas que daban una apariencia más real a la representación (los actores vuelan sobre el escenario, desaparecen…). Y así hasta el siglo XIX, en cuyos últimos años se replantea el arte dramático por las nuevas exigencias de libertad creativa.

Así, el teatro moderno se caracteriza por esa libertad absoluta en el planteamiento del diálogo, con nuevas concepciones del espacio, de la iluminación y de la plasticidad gracias a las innovaciones técnicas y a la total libertad de los directores. Las obras de teatro clásicas se reformulan hoy con nuevos lenguajes; las obras recientes y más novedosas nos sorprenden con infinidad de choques de sentimientos, de giros expresivos, de escenificaciones apabullantes o diálogos pasmosos.

Todo cabe hoy en el teatro. Todo. O casi todo. Decir que cualquier cosa tiene cabida en el cine, en la pintura, en la música o en cualquier otra arte quizás sea quitarle valor, pero podemos decir que tenemos la suerte de encontrarnos en un momnento en el que la libertad, la imaginación y la creatividad se han apoderado de los artistas, que ya no se ciñen, (porque nadie les obliga a ello) a estereotipos, temas, modos o diálogos, sino que dejan fluir lo que sienten hacia un público que, aunque menos numeroso que el que se congregaba en las gradas de los teatros griegos, sigue disfrutando de la magia del teatro. Nada puede compararse a la presencia de un actor sobre una tabla de madera que, ante cientos o incluso miles de personas representa lo que no siente y hace sentir a esa gente aquello que está escrito en un triste guión en papel. Eso es magia

Que el vello se te erice al ver su rostro, al escuchar sus palabras o al sentir lo que trasmite es magia; que salgas del teatro desorientado tras haber reído y llorado en la butaca sin saber aún muy bien por qué es magia. Y si en un momento como este, el que vive la sociedad actual, renunciamos a la magia como muchos pretenden, ¿qué nos queda? Celebrémos, pues, el día del teatro como merece y hagamos que jamás se agoten las ganas de disfrutar del mundo del espectáculo en vivo y en directo. Y no olviden apagar sus teléfonos móviles antes de que comience la función. No tengan prisa en encenderlos de nuevo cuando salgan de la sala. Sólo disfruten.

Miguel Alonso

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Written by siglosatras

27 marzo, 2011 at 14:48

Ilusión, magia, sueños, sonrisas y lágrimas: necesitamos el teatro

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Expectante, entras tras esperar en la cola bajo los soportales del teatro, muerto de frío. Pero en la grada se respira un ambiente cálido de terciopelo rojo, olor a talco y a perfume caro de mujer. Será el de la señora del recogido de delante, la del traje de chaqueta azul. Te acomodas con la ayuda del acomodador, que para eso está; te dispones a disfrutar; te relajas y dejas de pensar en lo que has comido, en el trabajo de esta mañana, en la discusión con tu amigo de siempre… cuando te sientas en el teatro dejas fluir los pensamientos hacia afuera y tu mente se contagia del misticismo y la magia que inundan el patio de butacas y recorren las gradas hasta la cúpula de techo. El dorado, las lámparas de cristal, el rojo pasión del telón… es un mundo fascinante y sin parangón. No tiene nada que ver con ir al cine.

Sabes que ahí detrás, tras esos muros, tras el escenario, los actores se preparan, se maquillan y ensayan por última vez; engolan sus voces con gárgaras, se miran en un espejo y algunos se santiguan, otros besan una fotografía o quizás simplemente precisan de unos instantes de silencio y soledad antes de ‘lanzarse al vacío’ de un precipicio con un fondo demasiado negro. Y es que el teatro es así: unos se relajan y otros se ponen nerviosos; para unos es el momento del día idóneo para olvidarse de todo, para otros el del duro trabajo de exponerse ante el público. Ante cientos de personas, un mínimo error te acelera el corazón.

Cuando era un niño descubrí que los payasos no era sino personas disfrazadas; los mimos, los ilusionistas, aquellos que se ocultan tras un teatro de títeres y manejan marionetas de trapo no son más que hombres y mujeres corrientes. Eso me dijeron. Pero no es cierto. No son personas normales, son mágicas; tienen un ángel sobre sus cabezas; son artistas; son estrellas que iluminan las sonrisas de cuantos se ponen delante haciendo que sus vidas cobren un sentido tan diferente al que de común tienen… un sentido especial que ninguna otra actividad humana puede darles a esas vidas ahorcadas por la rutina, lo material, lo evidente, lo que es demostrable, racional y realista. Nada de abstracciones e ilusiones en nuestras vidas, eso es lo que hemos promulgado durante mucho tiempo.

Antes, este tipo de actividades llenaba las calles de ciudades empedradas por las que discurrían sus habitantes sin saber qué encontrarían a la vuelta de la esquina. Hoy, sin embargo, viajamos en metro desde un punto concreto hasta otro, sin saber lo que dejamos atrás y sobre nuestras cabezas, y discurrimos deprisa por las calles sin mirar alrededor, sin saber con quienes nos cruzamos. Si un ser mágico de los que hablaba antes está sentado a un lado de la acera tocando un acordeón mientras con el pie acciona una palanca que hace bailar a dos muñecos de colores que se abrazan al compás de la música, como mucho esbozamos una sonrisa de curiosidad, pero no nos dignamos siquiera en aflojar la marcha, aunque sólo sea para escuchar durante más tiempo esas notas que recorren la calle y la llenan de paz. Al mimo del paseo marítimo le obviamos pensando que se acerca a pedir dinero sin más, y nosotros tenemos prisa por llegar al restaurante de cinco tenedores que se queda sin mesas libres a esta hora. Qué importa si ese ilusionista e invocador del mundo de las hadas y el delirio más puro e inocente no llega a tiempo de desmaquillarse y recoger las sobras que por la trasera tira el pinche de cocina a un cubo verde…

Una chistera, una cara blanca y una pajarita nos reciben en el teatro cuando las luces se apagan y el telón se corre hacia ambos lados tras dividirse por el centro. Una cara triste que nos mira a juego con los blancos guantes de ese ¿hombre? ¡No! Resultó ser una mujer. Es una mujer enfundada en un pantalón negro y con unos tirantes de rayas sobre una camisola blanca. Es de nuevo un ser mágico que juega con sus manos mientras otras manos deleitan nuestros oídos con ‘Claro de Luna’, de Beethoven. Es tan triste esa melodía… tan melancólica… tan magnífica… me emociona ver a esa dama de negro y blanco contornearse tristemente entre las notas que Beethovenn escribiese un día a su alumna Giulietta, a la que dicen que amaba. Mi acompañante deja rodar una lágrima por su mejilla. Otras muchas finas gotas saladas caen por los rostros cercanos. También por el mío. Y casi puedo apreciar desde mi posición que el pianista se ha emocionado igualmente.

Payaso (de blogs.20minutos.es)

La mujer del escenario no ha narrado de viva voz ninguna historia; la melodía de Beethoven es sólo eso, una melodía sin letra. No hay historia, al menos no historia narrada. Entonces, ¿cuál es el misterio? ¿dónde está la magia? ¿por qué hay cientos de personas llorando en este majestuoso recinto ante una triste muchacha que sólo mueve sus manos enfundadas en dos guantes?

Sólo un instante después, aparece un payaso que deslumbra con sus colores y logra hacernos carcajear aún con lágrimas en los ojos por la actuación anterior. No paramos de reír durante los veinte minutos en que ese genio ocupa el escenario. Tampoco habla. Sólo se mueve y hace sonidos extraños al ritmo de una marcha divertida. No me levantaría jamás de esta butaca. Desearía llevarme parte de esta ilusión y este mundo de fantasía a mi vida diaria y colmarla de risas y lágrimas como estas, como las que esta tarde inundaron este teatro. Pero cuando acaban los aplausos, sales a una calle repleta de gente que pasea de un lado a otro, de un bar a otro, buscando el pub con las copas más asequibles o a un ligue fácil.

Y ves salir por la puerta de atrás del teatro a un hombre con una americana de pana con coderas y un sombrero negro. El payaso, quizás. Y se mete en ese bar de enfrente a tomar un vino. Dos, tres… y llora. Y tú miras el cartel del teatro, le miras a él luego; ves su sonrisota pintada en el cartel y después sus lágrimas en ese bar. Y vuelves a emocionarte. Pero no hay tiempo para más fantasía en este mundo real, pues el autobús se acerca y no puedes perderlo. Tu acompañante te toma la mano y tira de ti. Correis hacia la parada. Todo lo que te rodea te devuelve a la realidad. Una realidad que, en mi opinión, precisa de más fantasía, de mucha más…

Os dejo con el trailer de una magnífica película en la que se muestra cómo la ilusión puede maquillar la dureza de la vida, aunque sólo sea durante el corto tiempo en que dura la actuación. ‘Pájaros de Papel’, de Emilio Aragón. Una obra maestra (no todos los críticos de cine lo creen, pero desde el punto de vista de este post lo es). Disfrutad de la función.

Miguel Alonso

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Written by siglosatras

6 febrero, 2011 at 18:22

Publicado en Arte, Cultura, Opinión, Teatro