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Diario de viaje: un día en Madrid

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Sábado 29 de enero de 2011

Son las nueve horas y diecisiete minutos de la mañana. El Ave-Lanzadera con destino a Madrid, estacionado en la vía uno, espera paciente a que el maquinista inicie la marcha. El nombre del tren hace que te imagines a una velocidad abrumadora en dirección a la capital de España: Ave-Lanzadera; como si te impulsaran a la velocidad de la luz. No es exactamente así, pero casi. En el interior de sus vagones, aunque con menos dosis de paciencia, esperan también los pasajeros, apenas un puñado de ellos en cada vagón.

Faltan unos minutos para partir. Los altavoces repartidos por la Estación del Norte de Valladolid anuncian el acontecimineto: “Avant, destino Madrid-Chamartín, estacionado en vía uno, va a efectuar su salida”. Cuando escuchas esto desde la plaza que te ha sido asignada, sentado y relajado mientras escribes (como yo estoy ahora), es como escuchar la lluvia caer o los pájaros cantar. Pero cuando lo escuchas mientras entras a toda prisa en la estación, cargado de maletas con el tiempo justo y sin saber si llegarás o no al andén antes de que el tren arranque, esas palabras que pronuncia el megáfono y que recorren la Estación inundando el vestíbulo principal retumban fuertemente dentro de tu cabeza y hacen que se te acelere el ritmo cardíaco.

Se trata de una de las sensaciones más típicas para aquel al quien le gusta viajar, que se pasa la vida viajando y que ha decidido no llegar media hora antes a todos sus trenes y perder tanto tiempo, sino que apura al máximo los segundos; supone una subida de adrenalina que siempre te hará recordar ese viaje como una apasionante aventura (¡estuviste a punto de perder el tren!), por muy aburrido y poco excitante que fuese el resto y fuese en el lugar que fuese, pues todo depende del viajero, de sus ansias de aventura y de pasarlo bien. No hay sitio aburrido o viaje monótono, sólo viajeros poco creativos.

Nueve y veintisiete. Se acerca la hora. El tren sale a y treinta y dos, según dicen los billetes. El vagón siete en el que me hallo comienza a llenarse, aunque más de la mitad de los asientos continúan estando desocupados, y así seguirán durante todo el trayecto. Ahí afuera, tras los gruesos cristales de mi ventanilla, el cielo de la ciudad está encapotado. La amable mujer de la taquilla me advirtió hace un par de días, mientras sacaba los billetes, de que me estaba dando un asiento de ventana, y yo asentí. Me gusta la ventana. Me gusta ver pasar el paisaje mientras escucho música. Es como si hubiese tres mundos diferentes y paralelos que existen unos al margen de los otros: el del vagón, repleto de historias individuales en un ambiente tranquilo pese a la velocidad a la que llega a ir ese tren; el de fuera, compuesto por tantísimos lugares y kilómetros de campo verde que pasan “volando” a nuestro lado sin que nuestra mirada se detenga en todos los detalles; y el de mis auriculares, que me lanzan historias a ritmo de sintonías lentas y rápidas, en función de la canción; historias de unos, de otros, con las que te identificas, con las que no… historias que te suenan y que has escuchado miles de veces, pero que te encanta seguir escuchando.

Mientras siento que el tren arranca puntual, como casi siempre, y un cosquilleo recorre mis piernas, busco en mi memoria imágenes de viajes anteriores en los que he realizado el mismo recorrido que me dispongo a hacer ahora, y puedo recordar escenas de campos, fábricas, pequeños pueblos, la estación de Segovia donde hacemos una breve parada o la vista de la inconmensurable e inabarcable ciudad de Madrid de lejos mientras nos aproximamos a ella, con sus nuevas altas torres dándonos la bienvenida y las Kio reverenciales.

Pero, como decía, ese es un mundo tan diferente al que vivimos aquí dentro, en el vagón… mientras una pareja discute detrás, ahí delante otros empiezan a quedarse dormidos; la “voz del tren” nos agradece haber escogido a Renfe para viajar y este chico de la cazadora marrón escribe estas líneas ante la mirada de un señor que está pensando ¿qué escribirá?. Mientras, ahí afuera discurren como locos hacia atrás los árboles, los campos y los pinares de las afueras de la ciudad. Los edificios han pasado tan rápido que ni siquiera los he visto (estaba mirando al papel). Las vías paralelas, las antenas y postes de la luz; las piedras, casetas y casas; pronto también los bellos puebluchos coronados por campanarios que se elevan regios y altaneros sobre el resto de tejados y también las grandes villas, más modernas; cuarteles abandonados; paredes de un túnel que por unos instantes oscurece nuestra visión…

El paisaje de pinos castellanos es muy diferente al de la sierra madrileña: a medida que nos acercamos a Madrid, la vegetación, el suelo, las piedras… incluso la atmósfera parece ser diferente. En Madrid se respira otro aire. Quizás más contaminado o más denso. A mí me encanta. Me siento bien en esa gran ciudad, pese a ser un enamorado de la soledad y del silencio.

Los árboles pasan con Rosana al ritmo de A fuego lento. Parece mentira que a 250 kilómetros por hora (según reza en la pantalla del techo) se muevan Sin miedo. Me gusta la música de Rosana para viajar. Existen melodías y canciones para muchos momentos, y las de esta cantautora canaria creo que son una opción perfecta para un trayecto en tren. Al sol le está constando hacerse ver entre las nubes esta fría mañana de enero, aunque hace ya un rato que ha amanecido. De nuevo invadido por la música, se me antoja imaginar un amanecer repleto de Lunas rotas; un mundo sin sol cubierto por un manto de estrellas y de amantes rodeados de pedazos de lunas caídas y destrozadas. ¿Sería una imagen similar la que tendría en mente Rosana cuando compuso esta canción? Quién sabe…

Estación de Chamartín (disfrutamadrid.com)

Las almenas de un castillo sobre unas colinas nevadas me dicen que no hemos salido aún de la comunidad castellano-leonesa. Y así es. Pocos minutos después llegamos a la estación de Segovia, helada y con sus pedregosas fachadas blancas, cubiertas de una fina capa de nieve. Algunos copos siguen cayendo. Debe hacer mucho frío a juzgar por las caras, los abrigos y el movimiento de los pasajeros y el personal de seguridad que puebla el andén izquierdo. “Salida inmediata”, anuncian las pantallas luminosas. El tiempo justo para subir o bien para bajar para aquellos que finalizan aquí el trayecto. De nuevo ese cosquilleo… El convoy retoma la marcha rumbo a la capital de España.

Madrid no está cubierta de nieve. El sol luce parcialmente en una mañana clara y despejada que, aunque sólo amenazantes, va a ver llegar, ya a mediodía, alguna nube gris que pasaría de largo. Buscamos la subida a la estación desde el andén como el ganado que corre en grupo hacia el cerco, donde está la verja, y embotella la salida chocando sus cuerpos y apretándose. Con más civismo quizás, pero no con más orden o menos urgencia, los pasajeros del Lanzadera subimos apelotonados las escaleras mecánicas hasta llegar al vestíbulo, donde nos dispersamos entre los muchos pasajeros que allí esperan, pasean, compran o acaban de llegar también a la capital desde otros puntos geográficos.

La estación de Valladolid es pequeña, recogida; está capitaneada por un edificio antiguo muy bello que recibe al visitante y le acoge, haciéndole sentir que se encuentra en su propio hogar. Chamartín, por contra, es grande, parece un aeropuerto; se acumulan las maletas, las tiendas, los asientos. La gente corre sin percatarse de que estás ahí; te golpean, pero rara es la vez en que se disculpan por hacerlo. Los individuos se pierden en sus pensamientos, en el libro que van leyendo, en la música de sus auriculares o simplemente se quedan embelesados escuchando el saxofón o el violín de un buen hombre que lleva nueve horas tocando, esperando llenar de céntimos el envase vacío de un yogur natural azucarado. Chamartín no te acoge, no te da la bienvenida, simplemente te absorbe, te fagocita y hace que pases a formar parte de la ciudad casi de forma obligada.

Los pasajeros bajan ahora, esta vez por otra escalerilla mecánica, en busca de la línea de metro que les acerque a su destino final. Así es Madrid, subir para poder bajar de nuevo; subir y bajar a diario tantísimas veces como lugares quieras visitar. Sin metro, para quienes no pueden permitirse estar todo el día en un taxi o para quienes prefieren ahorrarse los atascos y las dificultades de encontrar aparcamiento, Madrid quedaría reducida para mí a unas cuantas calles cercanas. Cuando paseas por la ciudad es cuando te percatas de su inmensidad y de la necesidad y facilidades que ofrece la red de Metro.

Otros pasajeros salen y caminan desde la estación hasta Plaza de Castilla, pasan por debajo de las Torres Kio y se deciden a enfilar el Paseo de la Castellana a pie, un gran reto (se hace muy largo si vas cargado de maletas). Siempre está la opción, claro, de tomar uno de los muchos taxis que aguardan a las puertas de Chamartín, alineados en varias filas y esperando clientes como los niños que esperan a la puerta del cole y entran de golpe cuando ésta se abre: cuando un tren llega, los taxis se llenan y empiezan a desfilar. Hasta entonces, simplemente esperan.

Tras visitar una de las mejores librerías de Madrid, sita en la Plaza del Conde del Valle de Suchil, me dispongo a tomar la Línea 2 de Metro en dirección a La Elipa. No es el lugar más turístico de la ciudad, ni mucho menos, pero hoy no he venido a hacer turismo. En ese barrio se encuentra un lugar fascinante: la población de la ciudad de Madrid, la ciudad más grande y poblada de España, supera los tres millones doscientas mil personas y dentro de ella, en el lugar al que acabo de llegar, descansan más de cinco millones de cuerpos (o de almas). Se trata quizás del campo santo más grande de Europa Occidental y, hoy sábado, junto a su entrada, se congregan más ciudadanos que de costumbre para comprar en el mercadillo de casetas de blancas lonas que ocupan parte del aparcamiento.

El Cementerio de la Almudena no huele a muerte; no te sientes acogido por la vida del más allá al entrar, como sucede en otros. Sus galerías porticadas de la entrada, el sendero pedregoso entre verdes jardines de palmeras y la original e imponente capilla central te transportan a un mundo de fantasía. Los nichos y las lápidas hacen temprano su aparición, pero en silencio, discretamente, no se dejan ver desde fuera. Tratan de incomodar lo menos posible a quienes se sienten sobrecogidos por ellos y prefieren quedarse en la entrada. No es difícil perderse entre aquel marasmo de caminos de barro o de cantos rodados, de cruces grises. Si no te orientas bien, más vale que no entres solo o que lleves contigo un plano del campo santo. De cualquier modo es obligada la visita al lugar más tranquilo de Madrid, y ha de hacerse con una cámara de fotos en mano, con intención de buscar por un rato la paz interior y, en mi caso, con un lápiz, un rotulador negro y un buen blog de hojas.

Cementerio de La Almudena (Panoramio.com)

Desde lo alto de la Almudena se divisa gran parte de Madrid. Las vistas son cuanto menos impactantes: bajo mis pies, un campo sembrado de tumbas y, al fondo, los edificios pegados unos a otros, las Kio de nuevo, Torrespaña, los cuatro gigantes junto a la Estación a la que he llegado hace sólo un rato… y entonces te das cuenta de lo lejos que estás de Chamartín y de nuevo de la “magia” del metro. Sin él, no habría llegado hasta aquí hasta la caída de la noche, y apenas son las doce del mediodía. Pero el cementerio sí que tiene magia: con más de cinco millones de almas bajo mis pies, me siento más solo de lo que nunca me haya sentido en esta ciudad. Paradojas de la vida…

Los que es un mundo aparte es la Gran Vía madrileña. Gentes de cualquier parte del mundo avanzan a codazos, unos entre otros, esquivándose, adelantándose. Los ejecutivos que dejan el despacho un rato para tomar un café en Starbucks, el típico grupo de japoneses que mira hacia arriba e inunda la calle con sus flashes, mujeres emperifolladas y muy arregladas, algunas de ellas sumamente elegantes y con clase y otras que se han pasado con la pintura (involuntaria o quizás intencionadamente). Pobres y ricos, niños y viejos… todos se mezclan, como en el cementerio, pero en la Gran Vía hacen más ruido. Los taxis fluyen deprisa por esta calle y desembocan, calle abajo, en la Plaza de España, otro concurrido punto de la ciudad que da paso a la Calle Princesa.

El centro neurálgico de Madrid siempre está lleno de gente. Detenerse un instante para mirar a los que pasan sería, además de una faena para los viandantes, que tendrían que sortearte como hacen con las farolas y los pivotes del suelo, un modo de apreciar juntas a diversas culturas, diversos sentimientos en las caras de las gentes, niños que berrean, una mujer que deja caer una lágrima por su rostro junto a dos amigos italianos que ríen a carcajadas… llega a marearte y a abrumarte la sensación de sentir que, por cada minuto allí parado, cientos de personas pasan a tu lado. Por tanto lo mejor es no detenerse apenas, y seguir hacia ningún lado, buscando un camino abierto entre las gentes por la Calle Preciados, por la Caye Mayor o respirar algo de aire menos cargado en el medio de la Plaza Mayor.

Pero el tiempo aquí pasa deprisa, en apenas una hora mi tren sale hacia Valladolid-Campo Grande, eso dicen por megafonía. De nuevo en Chamartín, sentado frente a las pantallas en las que aparecen decenas de nombres de trenes, sus horas de partida y las vías en las que se encuentran, me paro a pensar en tantas cosas… y decido escribir de nuevo para evadirme. A mi lado un chico lee un libro enorme. Enfrente, la famosa y actual historia de Tres metros sobre el cielo descansa sobre las manos de una adolescente que sonríe en un momento dado al leer alguna línea. Si no lees algo de Federico Moccia, estás desfasado hoy en día para una sociedad que lee poco y lee sólo lo que los demás leen.

El Ave-Lanzadera “escupe” a los pasajeros castellanos en dirección a Valladolid de nuevo. Si no tuvo reparo en hacer que pasásemos desapercibidos al llegar, Charmartín no lo tendrá tampoco a la hora de dejarnos marchar sin decir adiós siquiera. Pasamos por Correos, por edificios cercanos de oficinas, algunas fábricas, los edificios de Telecinco… y pronto estamos de nuevo en medio de la naturaleza. Pero esta vez ha anochecido y apenas puede disfrutarse del paisaje.

A las veinte horas ya hemos pasado por Segovia y mientras la mujer que tengo al lado, que rozará los cuarenta, ojea una revista en la que un titular enorme anuncia que una famosa se ha puesto pecho, dos niños juegan a la PSP en los asientos de al lado. Un chico duerme junto a una guitarra y, detrás de mí, tres amigos cincuentones comentan lo bien que lo han pasado en el cumpleaños de uno de ellos que han ido a celebrar a Madrid. Las luces de Valladolid se encienden pronto a lo lejos. Pucela sonríe al vernos llegar. O serán imaginaciones mías. Pero sientes que regresas a casa, que te estaban esperando. Y recuerdas a Madrid, con sus calles y sus cuestas, con sus gigantescos edificios, con sus museos y fuentes… y te sientes chiquitito y alejado del mundo a salir por la puerta de la estación vallisoletana y ver cuatro taxis, un autobús y sólo unas cuantas parejas que pasean de la mano sin prisas junto al Campo Grande.

Estación de trenes de Valladolid (ciudaddevalladolid.blogspot.com)

Hace frío, pero decido caminar hasta casa y entonces comienzo a ver caras conocidas. Incluso a la indigente que con cara de pena se sienta cada día en el mismo túnel soy capaz de reconocerla. Han sido tantos los que me han solicitado una limosna en Madrid que sería incapaz de recordar el rostro de uno solo, pero recuerdo el de esta muchacha rubia. Mientras yo pasaba por la puerta del Hotel Palace, hacía unas compras en la Gran Vía u ojeaba libros sobre la Historia de Oriente en la librería Marcial Pons, ella ha estado ahí sentada. También mientras yo iba y venía de Madrid. Serán miles los rostros con los que hoy me he cruzado: desde la amable librera hasta el antipático conductor del autobús de la línea 15 de La Elipa a Sol. Pero llego a casa y recuerdo sólo el de la chica del túnel. Así es Madrid, y así es Valladolid. Con sus cosas buenas y malas cada una de ellas. Diferentes. Especiales las dos. Me gustan.

Miguel Alonso San Juan

Written by siglosatras

30 enero, 2011 a 22:00

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